3 claves para entender cómo se ha comunicado el coronavirus


como hacer una comunicación científica

Gabriel Sánchez

La ciencia vista desde la perspectiva de los medios de comunicación

Para poder dar respuesta a esta cuestión, se necesita responder antes a tres cuestiones más abarcables:

1. ¿Cómo se comunica la ciencia?

Uno de los debates más acalorados que se abren entre docentes y estudiantes en las facultades donde se estudia Periodismo es el de si los avances de la ciencia se comunican bien desde los medios de comunicación. Javier Fernández del Moral, el primer catedrático en España en Periodismo Especializado y ex director de Comunicación del Ministerio de Sanidad, entre otras muchas experiencias recogidas en su dilatado currículo, explica en sus clases de la Universidad Complutense de Madrid que para hacer entender a un público masivo un contenido especializado (como puede ser la salud) hay que rebajar la terminología específica sobre la materia que se está tratando en proporción a su nivel de conocimientos. Esta es la fórmula para hacerla comprensible, pero no por ello se convierte en interesante.

Carlos Salas, ex director de El Economista —de entre otros muchos medios y secciones— explica en su libro Storytelling: Técnicas para ordenar las ideas, escribir con facilidad y lograr que te lean (Mirada Mágica, 2017) que la revista Nature, una de las publicaciones científicas más prestigiosas a nivel mundial, se ha visto obligada a utilizar estos métodos de captación del lector a pesar de ir dirigida a científicos superespecializados para “despertar la atención y no aburrir”. Ni siquiera a los propios científicos les interesa la ciencia lo suficiente como para leer los textos sobre sus avances sin “darles una vuelta”, como decimos los periodistas para referirnos a los contenidos “espesos”. De hecho, fuera de las secciones de ciencia, es puramente anecdótico encontrar alguna referencia a ella en medios de comunicación masivos si no es de un modo muy disfrazado y acompañándola de elementos que sí despiertan el interés del público. Lo cierto es que, por muy dilatadas e intensas que sean las tertulias que recogen los puntos de vista de ambos lados, tenemos una comunicación sobre la ciencia en general —más allá de sus avances— muy deficiente. No se trata de una opinión personal:

  • En 2008 se terminó la construcción del Gran Colisionador de Hadrones de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) que, además de ser desde entonces es el acelerador de partículas más grande y de mayor energía que existe, es la máquina más grande construida por la historia de la humanidad, en la que participaron más de 10.000 científicos y colaboraron más de 100 países de todo el mundo. Entre sus objetivos, además de confirmar numerosas teorías científicas, está el de emular un entorno físico precedente al Big-Bang, del cual podrían extraerse datos que puedan servir ya no solo para comprender mejor el universo sino para poder controlarlo en campos como la propulsión, la gravedad o el espacio-tiempo. Fuera de la comunidad científica, el aparato ha aparecido de manera relajada en algún medio de comunicación masivo y también es mencionado en algunas obras de ficción, lo que hace confundir al público masivo sobre su existencia real.
  • La culminación de la secuencia del genoma humano, presentado en abril del 2003 y que ha permitido conocer las bases moleculares de las enfermedades hereditarias, diagnosticar enfermedades que hasta entonces era imposible y la aplicación de distintas terapias —conociendo qué genes producen qué enfermedades— fue un acontecimiento que pasó, para la mayoría del público, completamente inadvertido.
  • Cuando en 1981 apareció el VIH, los medios bautizaron este virus como la “peste rosa” atribuyendo únicamente el contagio a los homosexuales. La influencia fue de tal magnitud que el primer nombre propuesto para el patógeno fue el de “gay-related immune deficiency (GRID)”, traducido como “inmunodeficiencia asociada a la homosexualidad”, a pesar de que toda la comunidad científica tenía numerosas evidencias de que el sistema inmunológico de cualquier persona, independientemente de su condición sexual, podía verse afectado por el virus. Tras el incendio mediático, se impusieron las evidencias y el sentido común y se le bautizó “virus de la inmunodeficiencia humana”. Ya se ha llevado por delante la vida de 39 millones de personas. Aunque el primer caso se diagnosticó hace casi 40 años y desde entonces se ha hablado de este virus una ingente cantidad de veces en medios de comunicación de todo el mundo, es normal que se siga confundiendo entre el VIH y el SIDA (síndrome que provoca el VIH si no es controlado con tratamiento) y que se mencionen equivocadamente o que se conozcan solo de forma parcial las formas de contraerlo.

Expongo estos tres ejemplos solo porque son recientes y probablemente los más conocidos; pueden ponerse muchos más casos.

Así las cosas, no podemos esperar ni del covid-19 ni de otros hitos de la ciencia a corto y medio plazo un trabajo riguroso para comunicarlo desde los medios de comunicación. Averiguar el porqué de todo esto sería entrar en un análisis arduo y extenso, pero podría resumirse en que la información de este tipo no tiene, por parte de la audiencia, una demanda como para que se necesiten periodistas lo suficientemente formados y especializados en ciencia para tratar, interpretar y comunicar estos asuntos con el cuidado y la magnitud que merecen.

2. ¿Cómo se ha comunicado el coronavirus en España?

Al igual que el resto de hitos científicos (‘hitos’ en un sentido de hecho clave, no necesariamente positivo), el rigor se ha dejado de lado y eso ha traído también negativas consecuencias para la gestión de la crisis. Los mensajes con los que se presentó el patógeno en los medios fueron, básicamente, tres:

  • Es una gripe más
  • Ha surgido en China y lo más probable es que no se extienda mucho más
  • Quien juegue con esto al alarmismo es un irresponsable

La realidad era distinta:

  • No es una gripe más: es mucho más grave y más contagiosa que la gripe
  • Lo más probable, por las condiciones del virus y su forma de transmisión, es que en pocas semanas se convirtiera en una pandemia mundial
  • El alarmismo era necesario desde el minuto cero porque se trata, efectivamente, de una situación de alarma sanitaria

A pesar de que, en España y en general a la comunidad política global, hemos oído que se está actuando en base a los criterios de las autoridades sanitarias, probablemente se está dosificando la información para que la situación de alarmismo (ese al que tenían que haberse enfrentado desde el principio) no se haga más incontrolable. Esto es evidente viendo cómo ha ido evolucionando el discurso de las autoridades y de los medios de comunicación desde que empezaron a crecer los casos: la premisa siempre ha sido evitar el alarmismo y probablemente siga siendo la prioridad, dejando la aplicación de los conocimientos y la experiencia científica sobre el tema en segundo plano.

3. ¿Se podría haber hecho mejor?

Evidentemente. De hecho, hay tres cuestiones básicas del coronavirus desde la perspectiva científica que todavía no se han comunicado con la frecuencia e intensidad que merecen:

  • El nombre del virus es SARS-CoV-2, y el nombre de la enfermedad que produce es covid-19, que no la produce a todas las personas que lo contraen. Este matiz no aparece prácticamente en ninguna noticia de los medios generalistas y utilizan el término covid-19 para referirse tanto al virus como a la enfermedad.
  • La vacuna puede que haya sido descubierta, pero para saber definitivamente si es una vacuna para la enfermedad es necesario someterla a una serie de pruebas larga y compleja que tarda en concluir, como mínimo, un año. Antes no puede hablarse de “descubrimiento de vacuna”; sí de “ensayos” o de “preparaciones”, pero nunca podremos hablar de “vacuna”.
  • La zoonosis (la causa más probable de la aparición de este virus en los seres humanos) es la situación en la que una enfermedad infecciosa se transmite de forma natural de los animales al ser humano y viceversa a través de patógenos como virus, bacterias, hongos o parásitos. Varias enfermedades como el ébola, la salmonelosis o la influenza son zoonosis; de hecho, de los 1.415 patógenos humanos conocidos en el mundo, el 61% son zoonóticos. Toda esta explicación viene para hacer comprender que el coronavirus no es una situación anómala o excepcional dentro de la biología: lo anómalo y excepcional ha sido la forma de gestionar la prevención para evitar la propagación del virus, manifiestamente deficiente.

A nadie se le debería ocurrir afirmar que un virus altamente contagioso y que se transmite sin manifestar síntomas en el portador, que puede generar una enfermedad mortal y para la que no hay vacuna ni garantías de cura… es una gripe más. De la forma en cómo se ha tratado el problema —y, como consecuencia, en cómo éste se ha comunicado— ha venido esta situación anómala y excepcional; no ocurrió así en otros casos de transmisiones por zoonosis que se detectaron a tiempo y en los que se atajó el contagio con rigor y determinación en base a las evidencias científicas.

A pesar de todo, no debemos llevarnos a engaño: al igual que se ha conseguido un gran rigor a la hora de determinar la exactitud de los hechos en situaciones sensibles durante los partidos de fútbol gracias a la presión de la audiencia mediática, que lo ha demandado con tiempo y constancia, se puede conseguir que se proporcione información sobre ciencia desde los medios de comunicación con severidad, objetividad y con los datos en la mano. Si queremos conseguirlo, hacen falta profesionales con unos niveles de especialización y de formación que tienen que salir rentables a las empresas; eso solo es posible si la demanda de la calidad en estas noticias es, por parte del público, exigida con arrojo y sin complejos. Para llegar a ese momento, desde el ámbito profesional de la comunicación seguiremos trabajando para hacer valer tanto a los periodistas como a la audiencia la importancia que tiene una buena comunicación de la ciencia en términos de prevención, que se traduciría en beneficios para la salud, para la economía y para el bienestar general.

Hasta entonces, tendremos la información al nivel que demandemos: los medios, desde su responsabilidad empresarial, ofrecen el producto que demandan los consumidores. Ahora mismo, éstos no demandan noticias con el suficiente rigor científico. La pelota está en su tejado.

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